Reflexión para el mes de octubre

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La Comisión de Reflexión Teológica de la CRC tiene el gusto de compartirles el subsidio para la reflexión, meditación, oración y retiro correspondiente al mes de septiembre titulado:«Urge Dios para el cuidado de la casa común». Preparado por la hermana María Constanza Arango Aristizabal, FMA.

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URGE DIOS PARA EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN

María Constanza ARANGO ARISTIZABAL, FMA

«Un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social,
que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente,
para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres». (LS n.° 49)


En estos días, al abrir los periódicos o escuchar los noticieros, nos interpelan los hechos de violencia que se viven en nuestro país. El 9 de septiembre, las protestas por la muerte del abogado Javier Ordoñez, víctima del abuso policial, sumaron 11 muertos, 248 heridos, 58 de ellos con armas de fuego1. A esta situación se suman las 61 masacres vividas en el país, de enero a agosto, según el informe de INDEPAZ2, que suman 246 personas asesinadas, la mayoría jóvenes. A todo ello, hay que agregar la destrucción de los bosques tropicales, pues en lo corrido del año y a pesar de la pandemia, el acaparamiento y destrucción alcanzó las 76.200 hectáreas de los bosques de la Amazonía Colombiana3.

Ante estas realidades, que evidencian una sociedad enferma, surge espontánea la pregunta: ¿Cómo poner freno a tanta muerte y a tanta destrucción? Ciertamente, es importante levantar la voz y protestar, gritar pidiendo paz, escribir comunicados rechazando estas situaciones y solidarizarse con las víctimas, pero, desde la perspectiva de mujeres y hombres consagrados, es necesario situarse del lado de los pobres, de las víctimas, de la madre tierra que sufre, reconocer que están fragmentadas las relaciones básicas del ser humano y comprometerse en la reconstrucción del tejido humano y social de Colombia.

De ahí, que centre la reflexión en la realidad de la descomposición de las relaciones básicas del ser humano para proponer un ordenamiento de las relaciones con Dios, con los otros y con la creación, que se traduce en cuidado por la casa común.


DESENMASCAR LOS MITOS QUE ESCONDEN LA FRAGMENTACIÓN DEL SER HUMANO

«Es necesario, partir de la crítica de los «mitos» de la modernidad basados en la razón instrumental (individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) y también a recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios… para crecer en la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado basado en la compasión» (LS n.° 210).

Hay visiones que, al enfatizar una dimensión de la persona, reducen el horizonte de la integralidad del desarrollo humano y lo fragmentan. Urge desenmascarar esos mitos, que agreden la creación e impiden escuchar el grito de los pobres y de la tierra. Siguiendo a Pierangelo Sequeri (SEQUERI, 2014), podemos identificar algunos «mitos modernos», que se suman a los ya señalados por el papa Francisco

Uno muy generalizada en la cultura consumista de hoy, es la de la adolescencia prolongada o el buscar ser y sentirse joven, como proyecto de vida, que se convierte en una posibilidad real por los “milagros” de la investigación, pues lo que hoy logra la cosmética y las cirugías estéticas, mañana será obra de la genética y de la robótica.

Ser y sentirse joven se convierte en un proyecto de vida que se alimenta con simulaciones sicológicas, comportamentales, modas, hábitos. La cultura del «aparecer» ayuda a resistir al paso del tiempo y a liberarse del «stress» del cuidado de los otros, para dedicarse de tiempo completo al cuidado de sí mismo.

Se disuelven los vínculos y las relaciones tanto en el hogar, como en la vida comunitaria, pues las vidas de cada uno son concebidas como universos paralelos, autosuficientes, omnipotentes; lo que verdaderamente se busca es la propia «autorrealización».

De ahí la preocupación, descrita en la Evangelii Gaudium, por la obsesión por el tiempo propio, por el apego a sueños imaginados por vanidad, a la «mundanidad», que consiste en buscar, ante todo, el bienestar personal lo que constituye una tentación, también presente en la vida religiosa.

Otro ejemplo de reduccionismo, muy generalizado hoy, es el economicismo, que se traduce en un enfoque del desarrollo orientado a la formación del recurso humano para que adquiera las competencias que requiere el mercado. Se busca la exaltación de la utilidad, la eficacia y la competitividad a toda costa. Lo que representa lo relacional, la reflexión, lo estético, lo religioso se reducen a lo «socialmente útil».

Al respecto dice el Papa: «el humanismo economicista, abre a una cultura de la exclusión, del descarte. A veces, parece que, para algunos, las relaciones humanas están reguladas por dos dogmas: eficiencia y pragmatismo. Tengan el valor de ir contracorriente de esa cultura» (Francisco, 2014)

La ideología de la acumulación financiera busca que las leyes no interfieran los procesos y que los bienes que la sociedad produce se autorregulen según las leyes del mercado. Esto se traduce, también en la vida religiosa, en la preocupación por la eficacia en vez de priorizar, la significatividad evangélica.

La respuesta desde el punto de vista antropológico supone motivar y trabajar por el desencanto de la obsesión y la avidez de satisfacer todos los deseos, que está a la base de la idolatría del crecimiento económico ilimitado, que es una «mentira» afirma el papa Francisco, porque no es verdad que haya una disponibilidad infinita de recursos en el planeta (cfr. LS n.° 106)

Frente a ello, el papa Francisco, en Evangelii Gaudium, pide educar en la solidaridad, promover una mentalidad que piense en términos de comunidad y que no se abandone a las fuerzas ciegas y a la mano invisible del mercado. Liberarse de las cadenas del individualismo indiferente y egoísta y dignificar la vida, preocupándose por los más pobres.

Desde otro punto de vista, regular los mercados es necesario, pero no suficiente. Tampoco basta el diálogo, ni el decrecimiento feliz al asumir políticas de austeridad. Las alternativas frente al mito del crecimiento económico ilimitado suponen discernimiento, pues pueden confundirse con opciones personales de salir de la carrera consumista, que pueden realizar los que tienen medios suficientes, cuando, en realidad hay que asumir una búsqueda solidaria de una ética para el que tiene, y para el que no tiene.

Las visiones anteriores, son formas de culto a Narciso, en cuya raíz está el culto al dinero, al propio yo, y que evitan el estrés que produce el cuidado de los otros, debilitan los vínculos familiares, comunitarios y sociales. El reto, en el horizonte de la formación integral y de la ética del «buen vivir», es la ruptura con el narcisismo, a través de la formación en el don de sí mismo, en la responsabilidad y en el desarrollo de una sensibilidad que se deja interpelar por el dolor, la injusticia y las necesidades de los otros.

¿Cómo responder a estos mitos? Es necesario ante todo restituir la dignidad y el atractivo de ser adultos. Lo humano se edifica en el don de sí mismo, en el desarrollo de una sensibilidad que se deja interpelar por el dolor, la injusticia, la necesidad del otro y que asume una posición.

Se exige la ruptura con el encanto del narcisismo y asumir un proceso de formación al don de sí mismo y a la responsabilidad frente a los otros. El proceso era ya seguido a través de los ritos de iniciación en las tribus tradicionales, que marcaban el paso de la etapa de la adolescencia caracterizada por la dependencia al paso de ser miembro activo y responsable de una comunidad adulta.

El adolescente ponía a prueba su actitud ante los peligros, la capacidad de sufrimiento, la lealtad a la palabra y el dominio de las competencias necesarias para la supervivencia del grupo, para alcanzar la dignidad de ser considerado un adulto.

La formación de los adolescentes, de los aspirantes a la vida religiosa y de nosotros mismos, hoy exige ofrecer propuestas que impliquen abnegación, sacrificio; que pongan a prueba la capacidad de renunciar al estar centrados en sí mismos buscando las propias satisfacciones. Cuando se demuestra capacidad de fidelidad a la palabra dada, valentía para estar al lado de quien necesita apoyo, capacidad de entrega y sacrificio, se está formado. Naturalmente este proceso no es fácil, supone afrontar el riesgo de madurar, de asumir responsabilidades. Lo humano funciona así: quien edifica sólo para sí, se empobrece a sí mismo y a la comunidad.

Además, la doctrina social de la Iglesia no podemos reducirla a una aggiornamento, o a una preparación al diálogo con la sociedad contemporánea. Ella constituye un núcleo generador de una visión para la superación del individualismo ético y de la democracia mercantil.

Necesitamos desafiar a las nuevas generaciones, pues la honestidad intelectual y la pasión se contagian. Liberarse del narcisismo, de la búsqueda de sí mismos y comprometerse frente a los problemas fundamentales y globales que afectan a las propias vidas y a la sociedad; crear redes de apoyo para la excelencia, capaces de tejer una alianza para refundar el orden social y los propios estilos de vida, educándose al don, a la entrega por lo humano para revitalizar la historia, el pensamiento, el trabajo, la vida.

En fin, se trata de elegir entre ser personas centradas en sí mismas, en sus intereses o los de su grupo que asumen actitudes de dominio y control autoritario, frente a las otras personas, la creación y hasta del mismo Dios, a quien quieren ver a su servicio. O por el contrario ser personas descentradas de sí misma, que se sienten llamadas al cuidado de los otros, de la creación y que mantiene una relación de disponibilidad y obediencia al querer de Dios.


RECONSTRUCCIÓN DE LAS RELACIONES BÁSICAS DEL SER HUMANO

«No podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano» (LS n.° 118).

Es en este entramado de relaciones que podemos comprender la visión del ser humano y la espiritualidad de la solidaridad global que propone el Papa, como condición para el cuidado de la casa común. Veámoslo en Laudato Sí.

La clave de realización como personas y como sociedad, la encontramos en Dios mismo, que se nos revela como comunidad. El hombre y la mujer se entienden en un contexto de relaciones. La Biblia lee la existencia humana con base en tres relaciones, estrechamente ligadas entre sí: relación con Dios, con el prójimo y con la tierra (LS n.° 66). Su estructura es dialogal, pues se realiza en la apertura de sí a los otros. Esa es su gran dignidad. De hecho, «La apertura a un “tú” capaz de conocer, amar y dialogar sigue siendo la gran nobleza de la persona humana» (LS n.° 119). Vivir en comunión es un camino de crecimiento, maduración y santificación (LS n.° 240). Estas relaciones están íntimamente ligadas, de forma que la relación con el ambiente no se puede separar de los vínculos con los otros y con Dios.

El ser humano tiene una identidad personal dentro de un universo material que «supone una acción directa de Dios, un llamado peculiar a la vida y a la relación de un Tú a otro tú. A partir de los relatos bíblicos, consideramos al ser humano como sujeto, que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto» (LS n.° 81). Su vida tiene un valor inalienable, sin importar su grado de desarrollo (LS n.° 136). Todos, ricos y pobres, tienen igual dignidad (LS n.° 94)

RELACIÓN CON DIOS

Jesús nos enseña a ver a Dios como un Padre-Madre, que cuida amorosamente a sus criaturas y se preocupa aún de las más pequeñas. De hecho, «fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso, cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios” y cada uno tiene una dignidad infinita. No es “algo”, sino “alguien”» (LS n.° 65).

Dios ha dotado al ser humano de inteligencia y de capacidad de amar y lo ha llamado, a continuar con El, la obra de la creación y a colaborar en su cuidado. Al ser el Padre común, nos hermana a todos sin distinción de razas, ni credos y nos permite reconocer la tierra como hermana y madre (LS n.° 1). A través de su hijo, Jesús, plenamente Dios y plenamente hombre, muestra el camino para llegar a Él, que es también el de la realización personal y comunitaria. Más aún, Jesús llama a seguirlo y a continuar su misión en el mundo, siendo signos de su presencia y de su amor.

Volverse a Dios es reconocer que todo lo creado es «presencia y gracia» y gozar la gratuidad de su amor por todo el universo; dar la espalda a Dios, es negarse a reconocer que se es criatura limitada y querer dominar todo, sometiéndolo a los propios intereses.

RELACIÓN CON LOS OTROS

El reconocer al otro, como un hermano, implica madurar a una actitud de amor y acogida incondicional sin condicionarla a la utilidad que nos presten «sólo puede ser gratuita, nunca puede ser un pago por lo que otro realice, ni anticipo por lo que esperamos que haga» (LS n.° 228).

Esa actitud de amor y acogida se pone a prueba al acoger también al que todavía no nace, pues como dice Benedicto XVI: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida, provechosas para la vida social» (LS n.° 120).

Implica, también, el interés y el cuidado por los más frágiles, dejándose interpelar por sus necesidades y sus clamores por fraternidad, justicia y equidad.

Volverse al otro y reconocerlo como hermano implica salir de si e ir a su encuentro y madurar a una actitud de servicio, que se expresa también en gestos cotidianos. Dar la espalda al hermano, por el contrario, es cerrarse en el individualismo y en la autorreferencialidad, que afecta la relación con Dios y con la casa común, al poner en primer lugar los propios intereses.

RELACIÓN CONSIGO MISMO

La relación de la persona consigo misma se define frente al dilema «centrarse en sí misma o descentrarse». Si la persona es autorreferencial y prioriza sus intereses tanto personales, como de grupo, relativiza todo. El relativismo lleva a la utilización y manipulación tanto de las otras personas, como de la naturaleza, que desde esta óptica se reducen a la categoría de «objetos». Por ello, afirma el Papa: «Si no hay verdades objetivas, ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de los seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción» (LS n.° 123).

El ser humano está llamado a vivir plenamente y a ser feliz, para lograrlo necesita ordenar su vida, descentrarse, pues existe una «ecología humana», que está inscrita en su mismo ser, por la que «la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas» (LS n.° 240). Somos criaturas de este mundo, con derecho a vivir y a ser felices, y además tenemos una dignidad especialísima (LS n.° 43) pues creados por amor, hechos a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), existimos para amar. Aun en medio de nuestros límites brotan inevitablemente gestos de generosidad, solidaridad y cuidado. Cada persona humana, «no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas» (LS n.° 65)

El Papa es enfático al afirmar: «No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología» (LS n.° 118). Según el relato de la creación Dios colocó al ser humano en el jardín creado (cfr. Gn 2, 15) no sólo para cuidarlo sino para trabajarlo de manera que produjera frutos (LS n.° 124). El ser humano no es el dueño, es jardinero, es hortelano (LS n.° 67), es un instrumento para ayudar a que broten las potencialidades que el creador colocó en las cosas (LS n.° 124) y un colaborador en el cuidado tanto de la naturaleza, como de los seres más frágiles, entre los que figuran los pobres del mundo.

RELACIÓN CON LA CREACIÓN

«Para la tradición judío-cristiana, decir «creación» es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado…la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal» (LS n.° 76).

La relación de cuidado de la naturaleza implica cambiar el afán de ganancias a corto plazo por una mirada más amplia, que beneficie a mediano y a largo plazo, a la casa común. Implica también, el dejarse interpelar por situaciones como el cambio climático, la creciente deforestación, la eliminación de la biodiversidad etc., para encontrar formas de vida y de producción más sostenibles.

El cuidado por la creación es necesario traducirlo en gestos cotidianos, que, aunque sencillos, no dejan de ser importantes: «como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá co¬mer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano» (LS n.° 211).

«Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad» (LS n.° 69). El antropocentrismo despótico necesita ser cambiado por la ecología integral, que considera todo lo creado, como la casa común que necesita ser cuidada y tiene en cuenta las relaciones existentes entre todos los seres vivos. Cuando se propone una visión de la naturaleza únicamente como objeto de provecho y de interés, esto también tiene serias consecuencias en la sociedad (LS n.° 82).

CONEXIÓN DE TODO CON TODOS

«Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra» (LS n.° 92). En este enfoque, el ecocidio termina siendo un suicidio. La contaminación, otra forma de homicidio. La crisis ecológica, un genocidio.

«Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura» (LS n.° 2). Es decir, somos Creación. «Nadie es una isla». El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho, el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: (LS n.° 48). Por eso, el auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado» (LS n.° 5) porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios» (LS n.° 16)

El Papa afirma, citando al Patriarca Bartolomé: «Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta» (LS n.° 9).

CONCLUSIÓN

A lo largo de esta reflexión, se subraya la necesidad de vivir según el plan de Dios, desenmascarando los «mitos» que alimentan un antropocentrismo despótico que nos lleva a actitudes destructoras y consumistas y que necesita ser superado por una ecología integral que replantea las relaciones básicas con Dios, los hermanos y la creación. La invitación es a cultivar una actitud ética de cuidado, que se funda en el amor y el respeto, con la conciencia de que habitamos en una casa común.

Por ello, al constatar las realidades de violencia y depredación del medio ambiente que vivimos en Colombia, concluyo con las palabras de Robert Maloney, CM4, anteriormente Superior General de la Congregación de la Misión, quien tiene un artículo en el America Magazine sobre la Esperanza. En él, menciona una cita atribuída a Agustín de Hipona: «La Esperanza tiene dos hermosos hijos: la Ira y el Valor. La Ira para indignarse por la realidad y el Valor para enfrentar esa realidad e intentar cambiarla».

Explicando la cita, Maloney escribe: La Ira, primera hija de la Esperanza, reacciona de forma espontánea ante la cara del mal, negándose a aceptar las estructuras sociales y económicas injustas que privan a los pobres de la vida: las leyes injustas, las relaciones económicas basadas en el poder, los tratados desiguales, las fronteras artificiales, los gobiernos opresores o corruptos, y tantos otros numerosos y sutiles obstáculos para las relaciones sociales armoniosas. Y luego el segundo hijo de la Esperanza, el Valor, de pie al lado de la Ira, busca maneras de «esforzarse, buscar, encontrar y no ceder». La unión de los dos es importante. Con demasiada frecuencia vemos una hija —la Ira— acompañada por el segundo —el Valor—. Después de todo, la parte iracunda es mucho más fácil. No se necesita mucho esfuerzo para sentarse y hablar acerca de lo enojados que nos ponen algunos asuntos. Pero la ira sin el valor (y la energía) para actuar es improductiva.

Por supuesto, puedes estar enojado con la injusticia, los asesinatos… Pero después pregúntate a ti mismo: ¿qué puedo hacer yo para ayudar a solucionar estas situaciones?

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo nos situamos frente al compromiso de transformar las realidades de violencia e injusticia que diariamente nos interpelan?
2. ¿Cómo puedo ordenar mi vida, para que corresponda al plan de Dios?
3. ¿Qué necesito desaprender, porque daña la casa común, y qué necesito cultivar en mí y en mis ambientes, para cuidarla?

NOTAS

1. Cfr. Revista Semana. Edición del 9.10.2020
2. Cfr. http://www.indepaz.org.co/informe-de-masacres-en-colombia-durante-el-2020/
3. Cfr. https://sostenibilidad.semana.com/noticias/deforestacion-no-para-en-la-amazonia/
4. Cfr. https://famvin.org/es/2014/02/12/los-hijos-de-la-esperanza-la-ira-y-el-valor/

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Revista Vinculum No. 277 de 2019.  <<Amazonía: Nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral>>
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