MENSAJE FINAL DE LA XLIX ASAMBLEA GENERAL ELECTIVA DE SUPERIORES MAYORES RELIGIOSOS DE COLOMBIA –CRC
A TODOS LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS DE COLOMBIA
Bogotá, D.C., 2 de mayo de 2010
Derramaré mi espíritu sobre toda la humanidad.
Sus hijos y sus hijas comunicarán mensajes proféticos,
sus jóvenes tendrán visiones y sus ancianos tendrán sueños.
También sobre mis siervas y sobre mis siervos
derramaré mi espíritu en aquellos días. (Joel 1, 1-2)
Entre el 30 de abril y el 2 de mayo de 2010, los hermanos y hermanas responsables del caminar de la Vida Consagrada en Colombia, nos reunimos para reflexionar en torno al tema inspirador: Transfigurar la Vida Religiosa: don del Espíritu al servicio de la humanización. Nuestra vida religiosa se encarna hoy en un país sacudido por la guerra en todas sus manifestaciones y una inequidad que atenta cada vez más la dignidad de la vida humana. Nos sentimos interpelados por las críticas de medios y personas en contra de la Iglesia, por el dolor de las víctimas de nuestro pueblo y por el creciente empobrecimiento de nuestra gente.
Nos correspondió elegir a los hermanos y hermanas que estarán al frente de nuestro trabajo común. Es motivo de aliento, la generosidad con que ellos y ellas han aceptado asumir la misión de acompañar y animar la Vida Religiosa en los años por venir. Agradecemos el trabajo realizado por la Junta Directiva saliente presidida por la Hermana Luz Marina Valencia, STJ. A las religiosas y religiosos que acompañan y pertenecen a las distintas comisiones y seccionales, nuestra voz de ánimo agradecido para seguir adelante en la importante labor a su cuidado. Este esfuerzo se une al apoyo generoso de tantos hermanos y hermanas a lo largo del país.
Al contemplar la realidad de sufrimiento de nuestra gente, manifestada en múltiples formas en las comunidades que estamos llamados a servir, nos sentimos urgidos a revisar nuestro modo de vida y el nivel de compromiso que tenemos para hacer más visible el Reino de Dios con gestos de fraternidad y solidaridad, en la ciudad, entre campesinos, indígenas, afrocolombianos, desplazados; en las fronteras y en los sitios de exclusión donde clama la vida, pero pocos quieren ir.
Encontramos signos de esperanza en el trabajo valiente y sacrificado de muchos de nosotros presentes entre los pobres y excluidos y comprometidos con ellos. Estos signos los vemos también desde la vida que se entrega y comparte en las comunidades eclesiales que acompañamos y el valor, la entrega y generosidad de tantos que luchan por tener una vida digna desde el Evangelio. El Espíritu del Señor Resucitado sigue presente y actúa en nuestra historia.
Nuestras búsquedas se enriquecen con el caminar de la Vida Religiosa en América Latina y el Caribe. Desde el Plan Global de la CLAR y sus constataciones, nos empeñamos en el reconocimiento de nuevos escenarios y nuevos sujetos; en la afirmación de convicciones en torno a la escucha de la Palabra de Dios y la contemplación de los rostros sufrientes de los pobres; ellos nos interpelan y nos mueven a responder al compromiso por la vida desde los llamados de Dios y de la realidad.
Nos sentimos desafiados a vivir nuestra Vida Consagrada con autenticidad y verdad. Estamos dispuestos a aportar a la construcción de la Iglesia y de la sociedad, a buscar vocaciones maduras e integradas y a vivir la equidad entre nosotros asumiendo con seriedad el papel de la mujer en la Iglesia. Estamos llamados a ser portadores del Resucitado para acompañar proféticamente la vida. La situación actual nos invita a unirnos más, especialmente con aquellos que viven su misión en sitios de conflicto, a buscar y promover iniciativas intercongregacionales y las sinergias que podríamos aprovechar si nos lanzamos a vivir juntos la misión.
Nos encontramos frente a un proceso electoral que requiere de nosotros, junto con nuestro pueblo, asumir la responsabilidad de elegir gobernantes honestos y capaces de tomar decisiones valerosas que permitan la construcción de un país con posibilidades de trabajo, justicia y respeto a los derechos de todos.
Suplicamos al Señor, por intercesión de María nuestra Señora de Chiquinquirá, por todos nosotros, para que nos asista con su Espíritu y nos de lucidez, coraje y audacia para escuchar sus llamados allí donde la vida clama.
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